PSICOLOGIA › LA TOLERANCIA SOCIAL Y SUS
LIMITES
Sin gas en el manicomio
La
habitual tolerancia social a la existencia de los manicomios parece haber
encontrado un límite en la falta de gas en el Hospital Borda de la ciudad de
Buenos Aires. El Borda no es el único asilo psiquiátrico del país: existen 54
hospitales y colonias, de las cuales sólo una está en el ámbito nacional y el
resto pertenece a las provincias y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En
ellas hay 21 mil personas internadas, según un Boletín del año 2010 del
Ministerio de Salud de la Nación. Y esto sólo en el sector público.
Todos los
manicomios del país son una vergüenza. El problema es que fueron creados para
aislar y castigar, no para curar. Nadie se sorprenda.
Está
suficientemente demostrado que la internación en este tipo de hospitales, en la
gran mayoría de los casos, agrava la situación de las personas porque las aísla
de la comunidad, las priva del ejercicio de su autonomía, les resta capacidades
laborales y sociales. Los promedios de estadía son tan largos –diez años en el
Borda y el Moyano, según un informe del CELS– que es una ironía seguir llamando
internados a los que a todas luces están depositados y abandonados.
Los
manicomios, en la historia de la humanidad, no fueron creados como
instituciones para recuperar la salud, sino para separar y aislar a los “locos”
bajo la presunción de que son peligrosos e irrecuperables. Está visto que, más
allá de los avances, de las nuevas experiencias que han surgido dentro de ellos
y la gran dedicación de muchos profesionales, especialmente los más jóvenes, el
objetivo histórico del manicomio tiende a cumplirse inexorablemente. Como toda
institución, su funcionamiento está sobredeterminado por el contexto social,
por eso los enormes esfuerzos que se hacen para transformarlos caen una y otra
vez en saco roto.
Las
denuncias por violaciones a los derechos humanos en los asilos son permanentes
y la indiferencia también: no hay muchas familias que las sostengan y las
propias víctimas han perdido su capacidad de reclamar, cuando advierten que su
palabra de “loco” no tiene valor de verdad para el otro. La sociedad sabe que
estas cosas deben pasar detrás de los muros, pero mira para otro lado, porque
en definitiva el miedo –alentado permanentemente y por cualquier motivo por los
medios de comunicación– es más fuerte.
Hasta que
no se puede seguir siendo indiferente porque el nivel de atrocidad, en este
caso de la gestión macrista, pasa todos los límites: un año sin gas, mientras
van demoliendo el edificio con ellos adentro. Entonces ya no se puede mirar
para otro lado.
Reponer
el gas y frenar la demolición son medidas necesarias y urgentes por razones
elementales de humanidad, pero no constituyen ninguna solución de fondo. Eso
sí, pueden calmar algunas conciencias y habilitar nuevamente la indiferencia
generalizada.
La
solución de fondo es, como marca el artículo 27 de la Ley Nacional de Salud
Mental 26.657, trabajar en la sustitución definitiva de los manicomios, creando
nuevos dispositivos de atención no asilares, incorporando la atención en los
hospitales generales –que todavía se niegan– junto a la mayor comprensión de la
comunidad, que deberá superar tanto prejuicio.
El
gobierno nacional ha elevado el rango del área específica de Salud Mental a
Dirección, ha incrementado su presupuesto y está trabajando para ayudar a las
provincias y a la CABA a transformar esta realidad. La profundización del
modelo de inclusión social que apoyamos con entusiasmo tiene un capítulo
importante en la salud mental. Reponer el gas en el Borda es un piso urgente
pero de ninguna manera el techo que debemos ponernos.
*
Psicólogo. Asesor en la Jefatura de Gabinete de la Nación. Ex diputado
nacional, autor del proyecto que dio lugar a la ley 26.657.
Por Alejandra Barcala *, Flavia Torricelli **, Patricia Alvarez Zunino *** y Julio Marotta ****